No todo lo que importa se dice con palabras. Hay silencios que protegen, silencios que distancian, silencios que esperan ser llenados con algo que todavía no encontró su forma. Y hay silencios que gritan exactamente lo que la boca no se anima a decir. Aprender a escuchar lo que no se habla es una de las habilidades más profundas que existen, tanto hacia los demás como hacia una misma.
Cuando alguien calla después de una pregunta importante, ese silencio tiene peso. Cuando vos misma te quedás sin palabras frente a algo, vale preguntarte qué hay ahí que no podés nombrar todavía. El lenguaje no solo vive en lo que decimos: vive también en las pausas, en lo que se evita, en los temas que nunca aparecen en una conversación aunque estén presentes todo el tiempo como un elefante invisible en el cuarto.
¿Qué estás silenciando que necesita ser dicho? ¿Y qué silencio de alguien cercano estás ignorando porque escucharlo requeriría que también vos hables? La comunicación más honesta a veces empieza en ese lugar incómodo: en nombrar lo que todos saben pero nadie dice. No siempre es fácil. Pero casi siempre es necesario.
El silencio que se lleva demasiado tiempo es una conversación pendiente.
¿Qué necesitás decir que venís callando, y a quién se lo debés?




