En algún momento te hiciste esa pregunta enorme: "¿para qué estoy acá?". Y tal vez la respuesta no llegó, y eso te angustió, como si todos los demás tuvieran clara su misión menos vos. Sentís que deberías tener un gran propósito definido, una vocación evidente, un camino marcado. Y mientras no aparece, dudás de tu valor.
Pero el propósito casi nunca llega como un rayo de claridad. Llega de a poco, en lo que te conmueve, en lo que se te da con naturalidad, en eso que hacés y le hace bien a otros sin que te cueste. No tenés que encontrarlo afuera, en una meta lejana. Muchas veces ya está latiendo en vos, en los gestos pequeños que regalás sin notarlo.
Y hay algo más: tu propósito no tiene que ser grandioso para ser real. No hace falta cambiar el mundo entero. A veces la misión más profunda es sostener a quien te necesita, sanar tu propia historia para no repetirla, ser luz en el rincón donde estás. Lo que viniste a hacer empieza por volver a vos, porque desde ahí todo lo demás se ordena.
Hoy no necesitás descifrar el sentido de toda tu vida. Solo prestá atención a un momento del día en que te sientas plena, útil, viva. Ahí hay una pista. Seguila sin apuro. El propósito no se busca con desesperación: se va revelando a quien se anima a vivir con presencia.
¿En qué momentos te sentís más vos misma, sin tener que esforzarte para serlo?




