Tu valor no depende de cuánto produzcas, cuánto cargues, cuánto pongas el cuerpo por otros. Aprendiste lo contrario — la mayoría de nosotras lo aprendimos. Aprendimos que para que nos quisieran había que ser útiles, que para que nos valoraran había que rendir, que para que nos eligieran había que ser perfectas. Y así llegamos a la adultez creyendo que el amor se gana.
Pero el amor verdadero no se gana — se reconoce. Y tu valor está antes de todo eso. No es algo que ganaste — es algo que sos. Antes de tu primer logro ya valías. Antes de la primera vez que ayudaste a alguien ya valías. Antes de cualquier título, trabajo, hijo, pareja, ya valías. Tu valor es de origen, no de mérito.
Y cuando alguien te trate como si fuera negociable, recordá: el problema no es tu valor. Es su mirada. Hay personas que no pueden ver el sol aunque les esté iluminando la cara. Eso dice más de su capacidad de ver que de la existencia del sol. Si alguien te hace dudar de lo que valés, antes de cuestionarte a vos, mirá la lente con la que te está mirando.
No estás en este mundo para demostrar tu valor. Estás para vivirlo, expresarlo, compartirlo. Hoy, en cualquier momento del día donde sientas que estás peleando por ser reconocida, parate un segundo y respirá. Decite: "ya valgo. No necesito ganarme nada para merecer respeto. Lo que doy es ofrenda, no es pago".
¿Dónde estás peleando por demostrar un valor que ya tenés sin necesidad de pelearlo?




