Hay un momento en cada mujer donde la única compañía posible es la propia. No siempre se elige — a veces te llega como consecuencia de una separación, un duelo, una mudanza, un alejamiento. Y al principio se siente como soledad pura, como ausencia. Pero si te quedás quieta un poco más, empieza a transformarse en otra cosa: intimidad con vos.
Vivimos buscando voces afuera que nos digan cómo seguir, qué decidir, qué sentir, qué pensar. Y de tanto consultar afuera, perdemos el hábito de preguntarnos adentro. Estar con vos misma no es un castigo — es el espacio donde tu alma vuelve a hablarte. Pero ese espacio se entrena. No aparece de la nada. Aparece cuando dejás de llenar cada silencio con ruido, cada vacío con compañía cualquiera, cada incomodidad con distracción.
La primera vez que pasás una noche sin huir de vos misma, parece eterna. La segunda, ya no tanto. Después de un tiempo, empezás a esperarla. Porque ahí encontrás cosas que el ruido no te dejaba escuchar: lo que querés, lo que ya no, lo que extrañás, lo que estás lista para recibir. Es ahí donde se gesta la dirección de tu vida.
Estar con vos misma no significa aislarte del mundo. Significa que cuando volvés al mundo, lo hacés desde un lugar más sólido. Que las relaciones que elegís ya no nacen del miedo a estar sola, sino del deseo real de compartir. Y eso lo cambia todo.
¿Qué te dirías hoy, si nadie estuviera escuchando?




