¿Te cuesta más dar que recibir? Si sos de las que siempre están para los demás, de las que cuidan, sostienen, regalan sin parar, quizás te incomoda cuando te toca recibir. Un cumplido, un regalo, una mano tendida, y enseguida te achicás, lo minimizás, sentís que no lo merecés o que tenés que devolverlo rápido.
Pero recibir no es de egoístas. Es parte del equilibrio de la vida. Si solo das y nunca te permitís recibir, tarde o temprano te vaciás, porque nadie puede dar desde un pozo seco. Esa dificultad para recibir muchas veces esconde una vieja creencia: que no merecés, que tu valor está solo en lo que ofrecés a otros. Y eso no es verdad.
Aprender a recibir es darte permiso para ser cuidada, no solo para cuidar. Es poder decir gracias sin minimizar, dejar que te quieran sin sentir que tenés que ganártelo, recibir lo bueno con las manos abiertas en lugar de cerradas. No le quitás nada a nadie por recibir. Al contrario: le das al otro la alegría de darte, igual que vos disfrutás cuando das.
Hoy, cuando alguien te ofrezca algo —un elogio, una ayuda, un gesto de cariño—, practicá recibirlo sin rebajarlo. Solo decí gracias y dejá que entre. Permitirte recibir lo bueno es recordarte que también lo merecés.
¿Qué te cuesta recibir, y qué pasaría si lo dejaras entrar sin minimizarlo?




