Almita Bella, hay ausencias que no se llenan. La de alguien que amabas y ya no está físicamente, ese vacío que aparece en los días importantes y también en los días comunes. Y a veces sentís que recordarlo duele tanto que preferirías no hacerlo, como si el amor y el dolor estuvieran atados sin remedio.
Pero los que amamos no se van del todo. Cambian de forma. Dejan de estar afuera para vivir adentro: en lo que te enseñaron, en los gestos que te quedaron, en la forma en que te marcaron para siempre. La muerte se lleva la presencia, pero no se lleva el vínculo. Esa persona sigue habitándote cada vez que la recordás, cada vez que algo te la trae de vuelta.
Honrar a quien ya no está no es quedarte anclada en el dolor de su ausencia. Es darle un lugar en tu presente: hablar de quien fue, agradecer lo que te dio, dejar que su amor siga inspirando cómo vivís. El duelo no es olvidar; es aprender a llevar a esa persona de otra manera. Las madres, los padres, los que amamos, no mueren: se vuelven memoria viva en nosotras.
Hoy, antes de dormir, recordá a quien extrañás sin miedo al dolor. Agradecé algo que te dejó, sentí su presencia en lo que sos. No tenés que dejar de quererlo para sanar; solo aprender a llevarlo distinto. Porque el amor verdadero no se apaga con la ausencia. Que descanses con su memoria abrazándote.
¿Qué de quien ya no está sigue vivo en vos y podés agradecer esta noche?




