Hay conversaciones que postergamos porque nos dan miedo. Y hay conversaciones que postergamos porque en algún lugar sabemos que, en este momento, con esta persona, el terreno no está listo. No son lo mismo. Confundirlas te puede costar mucho: o te quedás callada cuando deberías hablar, o hablás cuando todavía no hay condiciones para que esa conversación llegue a buen puerto.
Una conversación difícil es la que te cuesta iniciar porque incomoda, porque implica decir algo que el otro no quiere escuchar, o porque tenés que exponerte. Pero si la otra persona está dispuesta a escuchar y vos estás dispuesta a hablar con claridad y desde la calma, esa conversación es posible. Le cuesta a las dos, y sin embargo puede ir a algún lado. Una conversación imposible, en cambio, no lo es por el tema: lo es porque el estado emocional de una o de las dos no permite que lo que se diga sea recibido. Hablar ahí muchas veces no resuelve nada, y a veces profundiza el quiebre.
Saber cuál es cuál requiere que te preguntes: ¿hay apertura para recibir lo que quiero decir? ¿Estoy yo en condiciones de decirlo desde la claridad, no desde la reacción? Si la respuesta es no a alguna de las dos, puede valer más la pena tener primero una conversación más pequeña: hablar del hecho de que todavía no podemos hablar de eso. Eso también es una conversación. Y a veces abre más puertas que ir directo al conflicto.
La valentía no es siempre hablar. A veces es saber cuándo.
¿Hay alguna conversación que estás postergando porque la creés imposible, cuando en realidad solo es difícil?




