Almita Bella, existe un tipo de cansancio que no viene del trabajo sino de la exigencia. Un cansancio de adentro, que no se va con dormir, porque no es el cuerpo lo que está agotado: es la parte de vos que nunca tuvo permiso de parar.
Muchas mujeres aprendieron que descansar es perder tiempo. Que si no estás produciendo, cuidando o resolviendo, algo está mal. Esa creencia tiene un costo enorme: te desconecta de tus propias señales. El cuerpo avisa, la emoción avisa, pero cuando estás entrenada para ignorar esas señales y seguir igual, dejan de llegar con claridad. La autoexigencia crónica no es virtud ni fortaleza: es una forma de maltrato que se disfraza de responsabilidad.
El descanso no es un premio que se gana cuando terminás todo — porque todo nunca termina. Es una necesidad real, igual que el agua o el sueño. Una mujer que no descansa tampoco puede dar desde la abundancia: da desde la reserva, y la reserva tiene límite. Cuando llegás ahí, cualquier cosa pequeña se siente enorme. No porque seas débil, sino porque llegaste vacía.
Darte permiso para descansar no es abandonar a nadie. Es elegirte. Y desde esa elección, todo lo que hacés por los demás tiene otra calidad, otra presencia, otro amor.
¿Qué necesitaría pasar para que te des permiso de parar sin sentirte culpable?




