Hay raíces que no quedan en la tierra que dejaste. Hay raíces que se llevan adentro. Esto lo entendí cuando empaqué mi vida entera en una maleta de veintitrés kilos y me fui a un país que no era el mío. Pensé que dejaba todo. Y al principio así se sintió. Pero después, con el tiempo, descubrí que lo más mío venía conmigo.
El desarraigo tiene esa cosa rara: te saca lo de afuera, las costumbres, los olores conocidos, las voces familiares, los paisajes. Pero te devuelve algo. Te muestra qué de vos sigue siendo vos lejos de todo lo que te confirmaba quién eras. Y ahí descubrís que sos más de lo que pensabas. Que no necesitabas tanto como creías.
Tu casa, al final, no es un lugar — es vos misma sostenida. Y donde estés parada hoy, ahí estás en casa, si te estás eligiendo. Eso no significa que no extrañes. Yo extraño todavía. Pero el extrañar dejó de ser dolor puro: se volvió un hilo de ternura que me conecta con quien fui, con quienes me hicieron, con la tierra que me vio nacer.
Quizás vos también estás en una etapa de desarraigo. Quizás te mudaste, te separaste, te alejaste de un grupo, dejaste un trabajo, soltaste una identidad. Y te sentís sin suelo. Pero el suelo siempre estuvo adentro tuyo. Lo de afuera era un mapa, no la raíz. Y vos llevás tu raíz a todas partes.
¿Qué parte de vos descubriste que era tuya, lejos de todo lo que te confirmaba?




