Fátima Galeano
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Lo que una promesa rota te dice sobre vos misma

carta escrita a mano sobre una mesa de madera, con una vela encendida al lado

Las promesas que más pesan no siempre son las que le hacemos a los demás. Son las que nos hacemos a nosotras mismas y no cumplimos. "Voy a empezar el lunes." "Este año me cuido más." "No voy a volver a permitir eso." Y después, sin darse mucha cuenta, se cede. Se pospone. Se justifica. Y queda ahí, ese pequeño ruido interno que no desaparece del todo.

Una promesa rota con vos misma no es solo un plan que no se concretó. Es una conversación entre quien decís que querés ser y quien terminás eligiendo ser. Cada vez que no cumplís con lo que te prometiste, algo en tu confianza interna se resiente. No porque seas débil o inconsistente, sino porque el lenguaje que usás con vos misma también construye realidad. Lo que te decís —y lo que hacés con eso— va formando la imagen que tenés de vos.

La buena noticia es que el daño no es permanente. La confianza en una misma se reconstruye exactamente de la misma manera en que se erosionó: con actos pequeños y consistentes. Una promesa cumplida. Otra. Y otra. No necesitás ser perfecta; necesitás ser honesta. Hacete promesas que puedas cumplir. Y cuando no puedas, reconocelo y renegociá, en lugar de dejarla flotando sin cierre.

¿Hay una promesa que te hiciste y todavía está esperando que la honres?

— Fátima Galeano

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