Hay una confusión común con el perdón a una misma. Pensamos que perdonarnos es como darnos un permiso, como decirnos "está bien, no pasa nada, no fue culpa tuya". Y entonces nos resistimos, porque sentimos que perdonarnos sería barrer bajo la alfombra cosas que hicieron daño — a otros o a nosotras mismas.
Pero perdonarte no es justificar lo que hiciste mal. Es soltar el castigo eterno que te imponés por seguir siendo humana. Hay versiones tuyas más jóvenes, más asustadas, más confundidas, que hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Esa mujer de hace cinco años no tenía la conciencia que tenés vos hoy. Esa adolescente que se equivocó no sabía lo que ahora sabés.
Cargar la culpa de por vida no repara nada — solo te seca por dentro. La conciencia, en cambio, sí transforma. La conciencia dice: "esto que hice no estuvo bien, lo veo, lo asumo, no lo vuelvo a hacer". Y desde ese lugar, podés perdonarte. No para olvidar, no para minimizar — para soltar el peso muerto y poder seguir caminando.
¿Y si hoy las mirás con la ternura que merecían entonces? Esas versiones tuyas que aprendieron a los golpes. Esas decisiones que tomaste cuando todavía no sabías. Esas palabras que dijiste cuando estabas herida. Si las mirás con compasión, descubrís algo importante: no estás sola con tu pasado. Vos misma podés acompañarte.
¿Qué versión tuya está esperando que la perdones hoy?




