Después de todo lo que viviste, a veces aparece el deseo de "volver a ser la de antes". Esa que reías sin que nada pesara, esa que no cargaba estas heridas. Y duele darte cuenta de que esa versión ya no está, que algo en vos cambió para siempre, que no hay vuelta atrás al punto de partida.
Pero renacer no es volver a ser la de antes. Es convertirte en alguien nuevo, que integra todo lo que pasó sin quedar atrapado ahí. La oruga no vuelve a ser oruga: se hace mariposa. Y vos no estás rota porque ya no seas la de antes. Estás en metamorfosis. Lo que se rompió no fue para destruirte, fue para que algo distinto pudiera nacer.
No viniste a sobrevivir, viniste a renacer. Esa que sos ahora —más consciente, más honesta, con cicatrices que también son sabiduría— no es una versión disminuida de la anterior. Es una versión más verdadera. El dolor te quitó la inocencia, sí, pero te dio profundidad. Y desde esa profundidad podés construir una vida que la de antes ni siquiera sabía soñar.
Hoy, en lugar de extrañar a quien fuiste, mirá con ternura a quien estás siendo. Dale la bienvenida a esta nueva versión tuya, todavía en construcción. Un solo gesto de aceptación hacia vos ya es ladrillo de esa vida nueva. Porque la vida merece una nueva versión de vos, y esa versión empieza a nacer cada vez que te elegís.
¿Qué parte de la nueva vos todavía te cuesta aceptar, y qué pasaría si la recibieras con cariño?




