Fátima Galeano
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Cuando la tristeza no tiene nombre pero está

taza de té humeante sobre un alféizar con lluvia en la ventana, luz gris suave

A veces no te pasa "nada grave" y aun así hay algo que pesa. No es una tristeza con causa clara, no es una crisis que puedas señalar con el dedo. Es más bien una sensación de fondo, algo parecido a un cansancio que no se va con dormir, o una melancolía que flota sin atarse a nada concreto. Y muchas veces, justamente porque no tiene nombre, se ignora.

Lo que no nombramos, sin embargo, no desaparece. Se queda instalado en el cuerpo, en la forma en que respondemos a las cosas, en la energía que tenemos para el día. Tu sistema emocional no distingue entre "tristezas importantes" y "tristezas sin motivo": si algo te pesa, te pesa. Y negarle espacio no hace que se vaya, solo hace que busque otra salida, generalmente una que no elegiste.

Ponerle nombre a lo que sentís, aunque ese nombre sea vago, es el primer gesto de cuidado. No necesitás explicarlo ni justificarlo ante nadie, ni siquiera ante vos misma. Alcanza con reconocer: "hay algo acá que pide atención". Ese reconocimiento ya es un movimiento. Desde ahí podés decidir si hablarlo, si escribirlo, si darle espacio quieto, o simplemente si dejar de pedirte que funciones como si no estuviera.

La tristeza sin nombre no es debilidad. Es información. Y merece la misma atención que cualquier otra cosa que te importa.

¿Qué estás sintiendo últimamente que todavía no te animaste a nombrar?

— Fátima Galeano

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