Almita Bella, hay algo paradójico en el proceso de transformación que pocas veces se nombra: a veces, lo que más deseás es también lo que más te aterra. No porque no lo merezcas. Sino porque una parte de vos sabe que, si lo tenés, ya no habrá excusas para seguir siendo quien eras.
Eso se llama ambivalencia, y es completamente humano. Querés cambiar y también querés que todo siga igual. Querés el amor profundo y también temés lo que implica abrirte de verdad. Querés el proyecto, el crecimiento, la vida nueva, y al mismo tiempo sentís que ese deseo te expone a algo que no controlás. Viktor Frankl lo decía de otra manera: el ser humano no huye solo del dolor; a veces huye también del sentido, porque el sentido implica hacerse cargo.
La clave no es esperar a que el miedo desaparezca, porque no va a desaparecer solo. La clave es aprender a distinguir el miedo que cuida del miedo que paraliza. Uno te avisa de un peligro real. El otro te cuenta historias sobre lo que podría salir mal para que no te muevas. Ese segundo miedo necesita que lo veas a los ojos, no que lo obedezcas.
Lo que más querés tiene derecho a asustarte. Y también tiene derecho a existir en tu vida.
¿Qué es lo que más querés y todavía no te permitiste pedir en voz alta?




