"Ya debería haber superado esto." "Con todo lo que trabajé en mí, no entiendo por qué todavía me afecta." ¿Cuántas veces te dijiste algo así? La autoexigencia sobre los tiempos del proceso es una de las formas más sutiles de hacernos daño, porque viene disfrazada de responsabilidad y de ganas de crecer. Pero en el fondo es otra manera de no aceptarte donde estás.
El proceso de transformación no tiene un cronograma fijo. No funciona como un proyecto con fechas de entrega. Las capas que se van abriendo en vos no tienen un orden predecible, y no siempre lo que "ya trabajaste" cierra de la misma manera para siempre. A veces volvés a sentir algo que creías resuelto, y eso no significa que retrocediste. Significa que llegaste a una capa más profunda de lo mismo, con más recursos para mirarlo.
Pedirte que ya estés mejor de lo que estás es pedirle a la semilla que florezca antes de primavera. El proceso tiene su tiempo. No porque seas lenta o te falte esfuerzo: porque así funciona el cambio real, el que dura. El que apresurás desde afuera muchas veces solo se ve pero no se sostiene. El que ocurre en el tiempo justo, aunque no sea el que planeabas, es el que transforma de verdad.
Date permiso para estar exactamente donde estás hoy. Eso también es parte del camino.
¿En qué área de tu vida te estás exigiendo tiempos que no son los tuyos?




