Fátima Galeano
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Lo que pasa cuando dejás de explicarte ante quien no quiere entender

mujer caminando sola por un sendero despejado, con luz clara adelante

Hay algo agotador en explicarte una y otra vez ante alguien que ya decidió no entenderte. No porque le falte inteligencia, sino porque su interpretación de vos está fija, y cada explicación tuya entra en ese molde ya formado. Argumentás, aclarás, te justificás, y la conversación vuelve siempre al mismo lugar. En algún punto, el agotamiento no es la señal de que tenés que explicarte mejor: es la señal de que estás usando energía en un lugar donde no puede crecer nada.

Dejar de explicarte no es rendirse. No es admitir que el otro tiene razón. Es reconocer que no toda relación tiene la apertura necesaria para recibir lo que tenés para decir, y que tu claridad interna no depende de que el otro la valide. Vos podés saber exactamente qué quisiste decir, qué hiciste y por qué, sin necesitar que esa persona lo confirme. Esa es una forma de libertad que cuesta más de lo que parece, porque muchas veces confundimos el no ser entendida con el estar equivocada.

Lo que sí vale la pena preguntarte es desde dónde seguís en ese vínculo. Si te quedás en el ciclo de explicarte buscando aprobación, eso dice algo. Si dejás de explicarte y te queda paz, eso también dice algo. La diferencia entre soltar y evitar siempre vive en lo que sentís adentro, no en lo que mostrás afuera.

El silencio elegido también puede ser una forma de respeto hacia vos misma.

¿Ante quién seguís intentando explicarte cuando ya sabés que esa conversación no tiene hacia dónde ir?

— Fátima Galeano

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