Puede que no haya sido un momento único. Quizás fue una acumulación. Fuiste cediendo un poco acá, ajustándote un poco allá, priorizando lo que se esperaba de vos por sobre lo que vos sentías. Y un día te diste cuenta de que hacía tiempo que no hacías nada que sintiera completamente tuyo. Que las decisiones eran correctas pero vacías. Que la persona que miraba desde el espejo te resultaba algo ajena.
Echeverría lo explica de un modo que ayuda a no perderse en la culpa: somos el relato que contamos sobre nosotros mismos. Y ese relato se va construyendo o destruyendo con lo que hacemos cada día, con lo que decimos y lo que callamos, con los compromisos que honramos o que traicionamos. Cuando durante mucho tiempo vivís desde un relato que no es tuyo —el de la hija perfecta, la madre que nunca falla, la profesional que siempre puede más— empezás a perder el hilo de quién sos fuera de ese personaje.
Lo bueno es que el mismo mecanismo que te alejó puede devolverte. Si la identidad se construye en el lenguaje y en la acción, también puede reconstruirse ahí. No de una vez ni con un gran gesto, sino con decisiones pequeñas y sostenidas que vayan en la dirección de lo que es verdadero para vos. Recuperar la voz, tomar una decisión desde adentro, elegir algo solo porque lo querés. Esos gestos mínimos van tejiendo el camino de vuelta.
Pensá en algo que solías hacer o sentir que sentías muy tuyo y que hace tiempo no está.
¿Qué versión de vos necesita volver a ser parte de la historia que contás sobre quién sos?




