Es fácil mirar hacia atrás y ver solo lo que no se hizo bien. Las decisiones que hoy no tomarías. Las cosas que dijiste cuando todavía no sabías lo que hoy sabés. Las veces que te quedaste callada, o que hablaste de más, o que confiaste en quien no debías. La mirada crítica sobre el pasado es comprensible. Pero si es la única mirada que tenés, te estás perdiendo algo importante.
La mujer que fuiste hizo lo que pudo con lo que tenía. Con la información que manejaba entonces. Con el amor propio que había construido hasta ese momento. Con los miedos que cargaba y que quizás ni siquiera reconocía como miedos. Juzgarla con los ojos de quien sos hoy es injusto. Ella también era real. También estaba tratando, a su manera. Y muchas veces, estaba sobreviviendo.
Integrar el pasado no significa justificar lo que dolió. Significa reconocer que esa mujer —la de antes— también forma parte de vos. Que sus errores te enseñaron. Que su valentía, aunque imperfecta, te trajo hasta acá. Que sin ese camino, esta versión tuya no existiría. La gratitud hacia quien fuiste no cierra los ojos ante el dolor. Lo abraza, y encuentra en él el sentido que transforma.
Antes de pedirle más a quien sos hoy, mirá hacia atrás una vez con ternura.
¿Qué le agradecerías hoy a la mujer que fuiste hace cinco años?




