¿Cuántas decisiones tomaste pensando en lo que iban a decir? El trabajo que elegiste, la opinión que callaste, la versión de vos que mostraste, todo medido por la aprobación de otros. Vivís atenta a la mirada ajena, ajustándote para caer bien, para no decepcionar, para que no hablen. Y en ese cálculo permanente, te perdés a vos.
Pero no naciste para caerle bien a todos. Es imposible — y agotador intentarlo. Cada vez que te moldeás para que otros te aprueben, traicionás un poquito lo que realmente sos. La aprobación que conseguís así nunca te llena, porque en el fondo sabés que no te están queriendo a vos: están queriendo el personaje que armaste para gustarles.
Hay una libertad enorme el día que entendés que no podés controlar lo que piensan de vos. Vas a caerle mal a alguien por ser auténtica, sí. Pero a las personas que de verdad importan, las que merecen tu lugar, vas a atraerlas justamente siendo vos. El precio de gustarle a todos es dejar de gustarte a vos misma. Y ese precio es demasiado alto.
Hoy, en una sola cosa, elegí lo que vos querés por encima de lo que esperan de vos. Una opinión honesta, una decisión propia, un gusto que escondías. No tenés que volverte indiferente a todos de golpe. Solo empezar a darte a vos el voto que tanto buscabas afuera.
¿En qué venís eligiendo la aprobación ajena por encima de lo que vos realmente querés?




