¿Sentís que nada de lo que hacés es suficiente? Que siempre podría estar mejor, más prolijo, más completo. Terminás algo y en lugar de disfrutarlo, ya estás viendo lo que falta, lo que fallaste, lo que otra hubiera hecho distinto. La exigencia de ser perfecta no te deja descansar nunca, porque la perfección siempre corre un paso más adelante.
Pero el perfeccionismo no es una virtud, aunque te lo hayan vendido así. Es, muchas veces, miedo disfrazado de excelencia. Miedo a no ser suficiente, a que te critiquen, a que descubran que sos humana. Y bajo esa exigencia constante, lo que hay no es amor propio: es una vara imposible que te ponés y que nunca, nunca, vas a alcanzar.
Lo terminado es mejor que lo perfecto. Una vida vivida con errores vale más que una vida en pausa esperando hacer todo bien. Date cuenta: mientras esperás ser perfecta para mostrarte, para empezar, para descansar, la vida sigue pasando. Y vos te la perdés persiguiendo una imagen que no existe. Hacer las cosas con cariño, aunque imperfectas, ya es suficiente.
Hoy, permitite hacer algo a medias bien. Entregá algo aunque no esté perfecto, descansá aunque queden cosas sin terminar, mostrate aunque no estés impecable. Cada vez que elegís lo suficiente por encima de lo perfecto, te liberás un poco de una cárcel que vos misma construiste.
¿Dónde te estás exigiendo una perfección que solo te impide vivir?




