Hay rencores que cargamos durante años sin darnos cuenta del peso que tienen. Una herida que alguien te hizo, una traición, un dolor que no pediste. Y aunque esa persona quizás ya ni esté en tu vida, vos seguís cargando lo que pasó, atada a algo que te lastima cada vez que lo recordás.
Pero perdonar no es decir que lo que te hicieron estuvo bien. No es justificar, ni olvidar, ni volver a abrir la puerta a quien te dañó. Perdonar es, sobre todo, un acto de liberación para vos. Es soltar la cadena que te mantiene atada a esa herida, dejar de tomar el veneno esperando que le haga daño al otro. El perdón te libera a vos, antes que a nadie.
Y perdonar tampoco es un interruptor que se aprieta de un día para el otro. Es un proceso, a veces lento, en el que vas dejando ir el peso de a poco. No se trata de forzar un sentimiento que no tenés. Se trata de elegir, una y otra vez, no quedarte a vivir en ese dolor. De darte permiso para seguir, aunque la herida haya sido real.
Hoy no tenés que perdonar todo de golpe. Solo preguntate qué rencor venís cargando que ya te pesa demasiado. Nombralo. Reconocé que soltar ese peso sería un alivio para vos. Porque perdonar no es liberar al otro: es liberarte a vos para poder seguir caminando liviana.
¿Qué rencor venís cargando que en realidad solo te pesa a vos?




