Hay cosas en tu vida que fueron exactamente lo que necesitabas en su momento. Una relación que te enseñó quién eras. Un trabajo que te dio estructura cuando la necesitabas. Una versión tuya que te protegió cuando no había otra forma de sobrevivir. Y sin embargo, seguís cargando con todo eso como si todavía fuera necesario.
Soltar no es traicionar. Tampoco es olvidar. Soltar es reconocer que algo cumplió su ciclo y que aferrarte a ello no lo mantiene vivo: solo te mantiene detenida. Los sistemas vivos —y vos lo sos— se transforman en la medida en que liberan lo que ya no les sirve. No porque sea malo, sino porque dejó de ser útil para el camino que sigue.
Lo difícil de soltar no es el objeto en sí, sino la historia que armaste alrededor de él. El "si lo suelto, ¿quién soy?" o el "si lo suelto, ¿habrá valido la pena?" Pero la identidad no depende de lo que acumulás: depende de la capacidad que tenés de seguir eligiéndote mientras el paisaje cambia.
Soltar también es un acto de confianza. Confianza en que lo que viene puede sostenerte tanto como lo que te sostiene hoy. Quizás más.
¿Qué está ocupando espacio en tu vida que ya cumplió su función y que hoy te pesa más de lo que te da?




