Fátima Galeano
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El miedo a ocupar espacio

mujer de pie en un espacio amplio y luminoso, brazos abiertos, expresión tranquila

¿Alguna vez achicaste tu opinión para no incomodar? ¿Dijiste menos de lo que pensabas para que no te vieran demasiado? ¿Ocupaste solo el rincón del cuarto cuando el cuarto entero era tuyo? Ese patrón tiene un nombre: miedo a ocupar espacio. Y es más frecuente de lo que parece, especialmente en las mujeres que aprendieron muy temprano que existir con intensidad molestaba a alguien.

La confianza en una misma no es prepotencia ni necesidad de aprobación. Es la convicción, que se construye con el tiempo y con la práctica, de que lo que sentís, pensás y necesitás tiene el mismo derecho a existir que lo que sienten, piensan y necesitan los demás. Cuando esa convicción falta, tendemos a reducir nuestra presencia para evitar el conflicto, o para no arriesgar el rechazo.

El problema es que achicarse tiene un costo. Cada vez que te guardás lo que pensás, cada vez que cedés sin querer ceder, algo se acumula. No desaparece: se convierte en agotamiento, en resentimiento silencioso, en esa sensación de que vivís una vida a medias.

Ocupar espacio no es exigir todo. Es empezar a aparecer, de a poco, sin pedir perdón por estar.

¿En qué áreas de tu vida estás ocupando menos espacio del que te corresponde, y qué te está costando eso?

— Fátima Galeano

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